El autocuidado: trampa o escape del capitalismo.

Por Yuri Pitti

Para el año 2018, ya la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Caravanas, publicaban el libro Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Donde, de manera amplia y detallada, exponían como desde los años 90´s se ha venido consolidando – con un importante financiamiento – la “cultura de la autoayuda” teniendo cada vez más influencia, llegando incluso a las aulas de clases universitarias, a los medios de comunicación y, finalmente, a la política.

De esta manera, explican Illouz y Caravana, las condiciones socio económicas de explotación y opresión pasaron a segundo plano y fueron sustituidas – apenas en el discurso – por una suerte de responsabilidad del individuo sobre su propia realidad, que se dibuja como absolutamente transformable a través de hábitos, pensamientos positivos, emociones positivas y estilos de vida. Así, nos venden una idea de felicidad y bienestar al servicio de los valores impuestos por la revolución cultural neoliberal” y que mantienen atrincherado, a salvo, al capitalismo. Ya no es importante cambiar las circunstancias sino cambiarte a ti mismo.

Como antes, aún las conferencias, libros y podcasts de coach motivacionales siguen siendo parte de una industria millonaria que hace uso extensivo de la autoayuda con el objetivo de aumentar la productividad de los/as trabajadores y despolitizar discusiones importantes sobre cómo la falta de acceso a derechos humanos básicos tiene un efecto negativo real sobre la vida, el bienestar y la felicidad de las personas.

Ahora bien, es imprescindible notar el giro en la retórica neoliberal cuando ahora, aunque sobre auto explotarnos, ser adictos al trabajo y ser multi tasking, sigue siendo mostrado como el único vehículo hacia el éxito; se han incorporado conceptos como el autocuidado, ampliamente aceptados dentro y fuera de los movimientos feministas, y que – vaciados y despolitizados – abordan la cuestión de la necesidad de, por ejemplo, disponer de tiempo libre, evitar /regular las emociones negativas, generar hábitos que impulsen/faciliten el propio bienestar, entre otros. Pero la responsabilidad de ello sigue siendo colocada sobre el individuo, y no así sobre el sistema.

Es preciso comprender cómo, sin cambios estructurales profundos, hablar de autocuidado es seguir individualizando las responsabilidades, o cuando menos tiene mucho que ver con el lugar privilegiado desde el que se habla. Aun cuando es bien conocido que el sistema patriarcal asigna por género a las mujeres la función de cuidar a otros, y no así de sí mismas, incluso luego de la revolución industrial y de la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo asalariado, la pirámide de los cuidados sigue intacta, ni los hombres ni el Estado se incorporaron en las tareas de cuidados, y en ese contexto hablar de cuidado es solo una responsabilidad más asignada a las mujeres. Es una trampa.

Y si acaso el autocuidado es promovido en tanto escape del capitalismo, como una suerte de rebeldía donde nos priorizamos – nos alimentamos bien, hacemos ejercicios, gestionamos el estrés en el trabajo, etc – es menester recordar que para una enorme cantidad de mujeres trabajadoras el autocuidado pasa a segundo plano, cuando lo primero es sobrevivir. Así, el autocuidado es una utopía, cuando el qué podemos comer, de cuánto tiempo disponemos libre, a cuánto estrés estamos expuestas…lo define el patrón.

De esa manera, es necesario preguntarnos – cuando de auto cuidado hablamos – desde qué postura política lo hacemos, y cuáles son nuestros privilegios. Esto no es un llamado a descartar en absoluto los debates y esfuerzos alrededor de, quizás sí a apostar a un feminismo que apunte a cambios estructurales que hagan del autocuidado una posibilidad para todas las mujeres por igual, y no solo para quiénes gozan de privilegios.

Referencias

Cabanas, E., & Illouz, E. (2019). Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Barcelona: Planeta.

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